Si consideramos el proceso histórico –no la fotografía de la situación actual- hay que aceptar que el sistema neoliberal se ha convertido en un sistema global. Esto es así y lo seguirá siendo por, al menos, dos décadas más. Pero la rapidez con que se instaló este sistema es similar al tiempo que ha tardado en defraudar y ya nadie cree en esta nueva formulación del capitalismo en su cara más despiadada. La aparición del modelo de reemplazo se está gestando en múltiples formas, ninguna todavía con suficiente fuerza. En esos modelos de reemplazo hay versiones corregidas de la misma esencia capitalista, hay modelos alternativos que giran en torno al socialismo tradicional y, aparte, está el Nuevo Humanismo. En todos los casos se trata de respuestas que intentan dar una solución completa a la problemática humana.
En el mundo actual, bajo un neoliberalismo quebrantado pero en el poder, hay áreas sociales que han quedado abandonadas a la gestión caritativa de las iglesias y de las Organizaciones No Gubernamentales. Una situación que no es azarosa por un lado y voluntarista por otro, sino que es parte de la planificación neoliberal: de los pobres que produce el sistema se encargan esas instituciones.
Hasta donde le fue posible sin crear un caos social que pudiera volverse peligrosamente en contra, el Estado se ha desembarazado de la gestión en varias cuestiones y ha liquidado los bienes colectivos, que sólo debía administrar, en beneficio de empresas multinacionales (recursos naturales, servicios públicos, gran parte de la educación y la salud, la banca, por ejemplo) buscando cerrar los caminos de retorno.
Coherentemente, las empresas neo, orientadas al lucro, no están dispuestas a sacrificar recursos para la solución de asuntos que les son ajenos. Más bien, han tratado de disminuir costos laborales llevando a los trabajadores a una situación de cuasi esclavitud.
La consecuencia social más grave se ve en términos de pobreza, de salud y de educación. Una parte importante de la pirámide social que antes pertenecía a los estratos medios está hoy sumergida en la miseria, una cantidad importante de jóvenes en edad de incorporarse al mercado laboral no pueden hacerlo porque carecen de instrucción suficiente y son un reservorio de potenciales delincuentes, a la par que ciertas enfermedades como la drogadependencia aumenta la peligrosidad social de los sectores marginados.
Desde luego que este cuadro de situación no va a ser eterno. No tenemos una visión pesimista de la historia sino que el estudio del pasado alienta a pensar que se encontrarán salidas y se volverá a avanzar luego de este retroceso en el proceso de la humanidad en su conjunto. Pero, mientras tanto, ¿qué hacemos las personas sensibles y de buena voluntad? Ese es el tema de hoy.
El humanismo es una respuesta filosófica que responde a los temas centrales que han preocupado al ser humano en su devenir. Es el paradigma emergente en este siglo, la réplica compensadora a los desequilibrios actuales en la sociedad y, también, una respuesta que canaliza y ayuda a realizar la espiritualidad del ser humano.
El humanismo no se presenta como un “humanitarismo” que resuelve necesidades concretas y puntuales, convirtiéndose en cómplice del sistema que provoca esas necesidades, sino que esclarece, organiza y lucha para que cambien las condiciones que generaron el escenario de injusticia concreta y puntual (ver Diccionario del Nuevo Humanismo).
Los frentes de acción que genera el humanismo tratan de revertir una situación determinada mediante un modo de organización con objetivos visibles que eduque a los partícipes en la “no violencia activa” y proporcione una experiencia aplicable a otras situaciones similares. En ese sentido, el frente de acción es una escuela de cuadros donde la acción en sí misma es valorada –más que por los resultados inmediatos- por su poder transformador sobre quien la ejerce.
Los frentes de acción promueven posibilidades de desarrollo social y personal para superar las condiciones de opresión que viven las personas. Este planteo está basado en la reciprocidad, un concepto que va más allá de la solidaridad, aunque sean similares.
Apoyo, ayuda, respaldo, protección, favor, aval, defensa son sinónimos de solidaridad. Es una acción que parte de alguien y va hacia un destinatario. Hay una diferencia de nivel entre quien tiene la posibilidad de ayudar y entre quien está necesitado de esa ayuda. La solidaridad, hoy en día, ha quedado en el campo de la caridad y del paternalismo. No es la situación que queremos los humanistas para otros seres humanos que son iguales en valor a nosotros mismos.
La reciprocidad implica una ida y vuelta de las acciones. En este caso, hay correspondencia, correlación, conexión, intercambio, paridad. Hay ayuda mutua. Nosotros apoyamos la reivindicación puntual con la que comienza a accionar un “frente” y los beneficiados se suman y ayudan a ampliar nuestra influencia. Lo que ellos recibieron ahora tienen que hacerlo por otros.
La reciprocidad está en el centro de la organización social y la idea central es que “hago por otros lo que hicieron por mí”. Es un concepto activo y no pasivo como la clásica solidaridad. Es un “concepto duro” le escuchamos decir a Silo. Es de ida y vuelta, nosotros ponemos en marcha acciones en beneficio de otras personas y solicitamos de esos individuos que nos ayuden a multiplicar la acción porque sólo así podremos llegar a la raíz de los problemas y cambiar la sociedad.
Se trata de conceptos claros y están dirigidos a gente razonable que quiera hacer por otros cosas similares a las que se hicieron por él. Nos movilizamos para el cambio social y eso requiere de la reciprocidad antes que de la solidaridad. Este principio no se contradice con aquel que propone: “trata a los demás como quieres que te traten”.

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