Parte I
La escuela tiene un significado especial para muchas personas en todo el mundo. Pero, para hablar de lo que conocemos, los argentinos la llevan en el corazón durante toda la vida. En la vejez de muchos -lo dicen, lo escriben- es el lugar de la dicha añorada, el baúl de los recuerdos felices, el espacio ideal.
Recordamos a la distancia los libros que atesoran aquellas vivencias: “Juvenilia” de Miguel Cané; o “Corazón”, de Edmundo de Amicis donde ese ámbito y el tiempo de la niñez son una experiencia plena e indivisible; “Cuore”, el diario de Enrico, un libro que nos prestaba el verdulero “milanese” y leíamos en el almacén de los Corallo. “Celia en el colegio”, indicado por la abuela Juana como una sugerencia sagaz para tratar de entender a las niñas, donde la escuela era un convento en la España amenazada por la guerra civil. Elena Fortún, la autora de todas las Celias, nos ayudó a entender un poco pero no a las niñas, sólo nos abrió la puerta del complejo mundo de los adultos.
Ya siendo padre, un “Puente a Teratbithia” fue una de las lecturas compartidas con mi hijo Alberto pero más que a la escuela me remitieron a la niñez en Villa Dolores, donde debió estar el bosque mágico y “mi” (no “su”) maestra de música.
Finalmente, ya muy mayor, el colegio de magia de Harry Poter nos devolvió recuerdos perdidos por contraste entre su opulencia de castillo, con la sencillez de la escuela Dalmacio Vélez Sársfield. Fue una entrada por otro túnel a revivir las andanzas por los pasillos y aulas de la escuela cuando terminaban las clases diarias, y entrábamos subrepticiamente a gozar de su silencio y su soledad. A “Matilda” no la leímos, la vimos de soslayo por la tele, con mi hijo, y no fue lo mismo: la escuela era horrible y los adultos también.
La escuela nos hizo madurar en un ambiente de inmigrantes europeos donde la ficción literaria era parte de la realidad.
Parte II
Ámbito de socialización, de contención, de vinculación con la comunidad, de expresión y, obviamente, de aprendizaje de conductas y de información, la escuela pública además, hace un aporte significativo a la integración social. Sus patios y salones han sido y son un foro para la libre expresión de ideas.
En las escuelas se vota para elegir al gobierno, se hacen reuniones de vecinos (no sólo en los pueblos, también en barrios de grandes ciudades), asambleas, actos culturales, reuniones donde antiguos y recientes graduados reafirman o recuperan recuerdos, recepciones y cuanto se pueda imaginar.
La escuela no se recuerda sólo como un edificio sino que esa palabra tiene la magia de traer consigo desde la memoria lejana, los rostros y los gestos de las maestras y maestros, del personal no docente y hasta el nombre o la cara de las personas que atendían las librerías, papelerías y negocios de golosinas cercanos al establecimiento. Hasta los de algunos de los vecinos que cruzábamos todas los días en su cercanía.
Hoy es otra la realidad en Buenos Aires, la capital de Argentina. Los funcionarios políticos que mandan en la educación han prohibido a los docentes y directivos formular declaraciones a los medios de comunicación sin autorización de Prensa del gobierno. En segundo lugar, se ha prohibido a directivos y docentes concurrir a reuniones en otros establecimientos con excepción de aquellas establecidas por la “superioridad”.
En el primer caso es una restricción a la libertad de expresión, tomada de disposiciones de militares que, en el pasado, usurparon y ejercieron el poder. Obviamente, es una mordaza puesta en la boca de los educadores para que no se haga pública la inoperancia del gobierno para dar soluciones. De este modo, en lugar de dar soluciones prohíben comentar los problemas.
El segundo caso, apunta a romper la vinculación de la escuela con la sociedad. La circunscribe y la bloquea con la intención de desvincular a los maestros de los problemas comunitarios y aislarlos de la comunidad. Es una influencia negativa que afecta los contenidos y los valores educativos.
Ambas medidas son propias de mentes enfermas de autoritarismo jerárquico. Revelan una devoción por el inmovilismo y el silenciamiento de ideas y la intención de compartimentar la sociedad. Son la versión local de los adultos abominables que identificamos en “Matilda”, sólo que aquellos no eran tan finamente perversos.
La mentalidad de los que amordazan las escuelas es la misma que colocó un madero en la boca de Giordano Bruno para que no hablara mientras iba a la hoguera de la Inquisición.
Muy triste llegar a tener una educacion limitada y un participacion mas limitada aun de una sociedad que debiera ser parte activa de esta institucion. Coincido en que el cuidado de parte de un gobierno debe estar presente, pero hacerlo de una manera que recuerda cualquier tirania que tengas a mano, me parece no solo primitivo sino tambien muy poco “inteligente”.
Ojala cada persona pueda llegar algun dia a sentirse parte de una sociedad , con lo que, la participacion en la toma de las desiciones, no sera una cosa para “algunos” sino para todos.