Los argentinos que amamos a Bolivia estamos felices por la nueva Constitución que su pueblo aprobó por amplia mayoría.  

No ha sido una sorpresa. Las cifras recientes del referéndum que ratificó a Evo Morales como presidente del país con el 67 por ciento, en agosto pasado, reflejaban la voluntad de apoyar de modo creciente al proceso revolucionario que él encabeza y que partió con un 54 por ciento hace tres años.  

Es evidente que los pueblos originarios, que nunca perdieron su dignidad, están recuperando ahora los derechos que les robaron por la fuerza los opresores. Lo hacen a través del ejercicio de la democracia.  

Es una lección de política para la humanidad. La Constitución de Bolivia consagra valores  que revelan inteligencia y más aún, sabiduría. La renuncia a la guerra como modo de solucionar los conflictos entre países, por ejemplo, establece una pauta civilizada que pone un nuevo marco a las relaciones internacionales. Coherentemente, el texto  prohíbe la instalación de bases militares extranjeras en territorio boliviano.  

Estas resoluciones son consistentes con la práctica política cotidiana de Evo Morales y García Linera, quienes nunca reprimieron las violentas manifestaciones que tuvieron que enfrentar desde mediados de 2006 a octubre de 2008. Esa práctica de la No-Violencia diferenció al gobierno de una oposición sangrienta que produjo una masacre de indígenas en el departamento de Pando, responsabilidad del Prefecto opositor Leopoldo Fernández, hecho investigado y repudiado por la comunidad internacional. 

Volviendo a la Constitución, digamos que el día domingo 25 se cumplió con una de las banderas de campaña que llevó al poder a Evo Morales,  una instancia muy significativa para la ciudadanía en general pero sobre todo para  los  indígenas y campesinos. Esta Nueva Carta Magna deja atrás un Estado colonial al servicio de una minoría de raza blanca y de mestizos que postergó durante más de 500 años al 85 por ciento de la población. Ahora  habrá un estado plurinacional que reconoce a “36 naciones indígenas previas a la invasión colonial española”. 

La democracia no sólo está garantizada sino que se profundiza: de hecho ya es práctica la toma de decisiones directamente por el pueblo, a través de plebiscitos, pero la Constitución avanza dejando a la  decisión popular la designación de los jueces de la Corte Suprema.   

Respecto de los recursos naturales se afianza el principio de propiedad nacional y se prohíbe la privatización. También se obliga a la propiedad privada a cumplir una función social y se ponen límites a la propiedad rural.  

El nuevo Estado que consagra la Constitución es laico. Es decir: respetuoso de todas las creencias, inclusivo en esta materia como el espíritu general del texto.  

Los argentinos que somos parte de  Latinoamérica  estamos felices. Felices por el gran pueblo de Bolivia y por la conducción política que guía este proceso fundacional.

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