La sociedad argentina está inmersa en una campaña electoral basada en el intento de los partidos opositores por desprestigiar al gobierno. Desde la derecha con mayor ahínco, el centro derecha con mucho fervor y la ultra izquierda violentita -de palabra, claro- se esfuerzan con el mismo afán. Ponen el énfasis en lo que, a su juicio, está mal; o se empeñan en  mostrar virtudes como defectos; o juegan al “golpe de Estado”. Intentan debilitar al gobierno pero perjudican al país. A todos nosotros.

Los planes para aumentar la producción en el mediano y largo plazo -hay gente seria trabajando- tuvieron que ser dejados de lado para dedicar esfuerzos a frenar el impacto de la crisis mundial en el país. Así se ha logrado mantener el empleo -los índices de desocupación están en los mismos niveles del año 2008- y la actividad económica se mantiene con leves bajas en algunos rubros y leves aumentos en otros.

La crisis no se siente, no se vive, no se percibe. El ciudadano medio pone “cara de nada”, de no saber de qué se habla cuando se menciona la crisis mundial. Lo malo de esto es que la población, que sabe perfectamente lo que es una crisis porque vivió la del año 2002, no valora lo que el gobierno hace porque no lo percibe.

Si la presidente no hubiera tomado medidas correctas o hubiera aplicado las recetas del Fondo Monetario Internacional, todos estaríamos en la Plaza de Mayo todos los días. Como ya pasó. Pero estamos en una normalidad que no se aprecia porque lo que podría haber pasado con otro gobierno, no está a la vista y es difícil de imaginar. No tenemos motivos para protestar pero no advertimos que hay mucho para agradecer.

Los que tienen una idea más aproximada son los que intercambian con parientes que viven en España, Alemania, Italia o en los Estados Unidos de Norteamérica. Ni hablar de cómo se sentirían si sus hijos estuvieran en Irlanda, Dinamarca. Letonia, Estonia, Japón o Nueva Zelanda. Son 71 los países más afectados por la crisis y luego se escalonan los demás, entre los últimos, la Argentina.

Aquí no hubo que salvar bancos -ni grandes ni chicos- o Compañías de Seguros; o Inmobiliarias o grandes empresas -con excepción de la filial local de General Motors- y los esfuerzos del Estado tuvieron como destinatarios a los trabajadores, con la implementación de un “subsidio al empleo”. Más barato para el estado y más eficaz para la economía que un seguro de desempleo, sin hablar de lo que significa en términos de dignidad humana.

Los trabajadores tuvieron normalmente las paritarias y por primera vez se están actualizando nuevamente a mitad de año. Los pequeños empresarios de todos los rubros se han beneficiado con la activación del mercado interno producida por los incrementos de salarios y las actualizaciones de la jubilación.

Carlos Tomada, titular de la cartera de Trabajo, es uno de los que se ocupan de evitar que la crisis arrastre a los trabajadores fuera del mercado laboral. Débora Giorgi, ministra de Producción; Ricardo Echegaray, de la Administración de Fondos e Ingresos Públicos (AFIP); Guillermo Moreno, Secretario de Comercio, que  lleva la peor parte tratando de frenar los precios; Amado Boudou, (Anses) y Mercedes Marcó del Pont, titular del Banco Nación, son los funcionarios encargados de articular estas políticas bajo la conducción de Cristina Fernández de Kirchner.

Tal vez algún amigo lector se pregunte por qué esta nota que, de positiva, parece un panegírico. La respuesta es simple. Los que contamos con más información podemos ver  -más allá de lo perceptual- lo que realmente pasa en la sociedad argentina y tenemos la obligación moral de señalarlo. Mostrarlo y hacer que se aprecie porque es justo que, así como criticamos, destaquemos lo que está bien. Aunque no sea perceptual.

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