¿Puede un cura progresista -ha visto y se ha solidarizado con los padecimientos de su pueblo- cambiar su imagen del mundo y apoyar un golpe cívico militar de quienes son responsables de las miserias que acusa? ¿Le cabe bendecir a los que dañan a la gente que defiende? ¿O bien, con los años y cuando la ocasión lo requiere, muestra su verdadero rostro al optar por los opresores de los oprimidos que protegía? Que esta transmutación o desenmascaramiento es posible resulta evidente con el cardenal Oscar Madariaga, de Honduras.
El jefe de la iglesia ha convalidado el golpe en su país al pedir a Zelaya que no regrese al gobierno. Esto cuando su opinión tenía más peso: al comienzo, en los primeros días, el 4 de julio. En su momento no nos pareció interesante darle aire a sus dichos, pero ahora -en estos días- ha motivado a otros altos dignatarios a criticar al progresismo.
En un documento de la iglesia acusaba -sin prueba alguna- de haber “saqueado al Estado Impunemente”. Según sus dichos se trataría de “una partida de dinero que se destinaría a comprar votos”. Dichos sin pruebas, son meras habladurías.
El razonamiento del cardenal que alguna vez se ilusionó con ser Papa -el cargo más alto de la Iglesia Católica- es ambiguo porque reconoce que el presidente Manuel Zelaya fue sacado de su casa por los militares y expulsado a Costa Rica, algo expresamente prohibido por la Constitución: “ningún hondureño podrá ser expatriado”. La confusión del prelado es evidente y compartida por una parte de la población
Nadie le exige a un sacerdote una postura política determinada. Menos aún, conocimiento del derecho. Pero cuando un religioso toma una postura política se coloca en un bando y pierde equidistancia. A partir de ahí es un opinante más y recibe críticas que llevan aparejadas la pérdida del poder de mediación. Es lo que pasó el 4 de julio cuando Madariaga lanzó el documento “Edificar desde la crisis”, donde explicitó que había tomado partido por los opositores a Zelaya, rechazando la consulta popular.
La postura del cardenal tiene un componente “yoista” apreciable cuando castiga al presidente por haber desobedecido su pedido personal de no convocar a la consulta. Dicho de otro modo: le solicitó algo y el presidente lo desoyó. Resultado: castigado el Presidente. Es fácil imaginar lo que haría teniendo el poder de un Papa. Pero no le da el piné.
“La política ha hecho tanto daño” dice en otro momento del documento. Por cierto, no entiende porque incursiona en ese lodo.
Al parecer, Madariaga cree que la Iglesia es impune. En su momento pudo crear la institución más macabra que se pueda concebir como obra humana -la Inquisición- y 500 años después, pedir perdón de un modo vago e impersonal. ¿Se imaginan si se le hubiese permitido esa salida al nazismo? Impensable. Pero la iglesia católica estuvo vinculada también a esa aberración histórica y ningún cura fue a Nuremberg.
Hemos recibido opiniones desconsoladas de hondureños que se siente defraudados por el cardenal, también de quienes lo justifican. Nosotros no somos jueces; apenas si buscamos dar una información lo más completa posible y desde una óptica confesa de humanistas laicos. Sólo consignamos que en Honduras, el documento de la iglesia católica firmado por Oscar Madariaga es golpista y que da aliento a otros curas que están agazapados en nuestra América esperando el momento de salir a atacar a los gobiernos progresistas. Es el caso del cardenal de Bolivia Julio Terrazas y otros de menor rango. Salen a denostar a los gobiernos que tienen la osadía de procurar para sus pobres “el cielo en la tierra”, si por cielo entendemos un trabajo digno, una comida suficiente, educación, salud y un futuro más aliviado para sus hijos; el modesto cielo de los pobres que no quieren los ricos. Hoy más que nunca está vigente aquella distinción que se le atribuye a Jesucristo: “al Cesar lo que es del César” distinción que es pariente del dicho popular “zapatero a tus zapatos”.




