Hoy, a veinte años, de la caída del muro de Berlín, los disparates que se escuchan y ven por los medios de difusión baten todas las marcas. Ignotos profesores de historia entrevistados por “comunicadores” que sonríen todo el tiempo se atribuyen haber dicho o hecho tanto o más  como los que empuñaron picos y piquetas para atacar la muralla. Frente a eso y sin otro afán que aportar un punto de vista basado en hechos escribimos esta nota apresurada.

En primer lugar digamos que la apertura de las fronteras en Berlín  fue un hecho inesperado por todos los dirigentes políticos de primer nivel; por cierto, también por la población mundial. El malestar había subido, era palpable, pero nadie pensaba que estaba ocurriendo el derrumbe del régimen. A tal punto que los primeros periodistas en dar la noticia no fueron creídos. Nadie hizo algo que provocara la caída del Muro.

Los “profesores” que hoy quieren prenderse en el supuesto mérito dicen cosas  patéticas que no vamos a reproducir. Señalamos sí, una creencia que tiene asidero: de haberlo querido, Mijail Gorvachevpodría haber reprimido la protesta creciente en la República Democrática y el muro habría seguido vaya a saber por cuánto tiempo. Ya habían intentado cambios similares y pasados por etapas parecidas Hungría y Checoslovaquia  y los tanques rusos abortaron el proceso. Pero entre los ideales del nuevo socialismo que encarnaba la Perestroika era firme la creencia en la autodeterminación de los pueblos que formaban el bloque soviético.

La celebración de hoy es significativa para los ciudadanos alemanes que padecieron la división de sus familias y de su ciudad emblemática y que pudieron cumplir el anhelado sueño de la reunificación.

Para otros tiene que ver más con lo que sucedió inmediatamente después: en menos de dos años, vino la disolución del Pacto de Varsovia, de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y el giro hacia el capitalismo occidental. En la Guerra Fría que inaugurara Truman con su discurso en 1947  triunfaba “el imperio de occidente” pero, más que por mérito propio, por desplome del adversario.

El mal llamado “socialismo Real” se desmoronó por una implosión mientras intentaba reciclarse. No ocurrió la temida guerra nuclear, no hubo enfrentamiento entre civiles, no hubo sangre ni  violencia; fue el  resultado de un proceso de transparencia -la Perestroika- que buscaba la renovación del modelo ya agotado.  A la Perestroika y a su conductor Mijail Gorvachof hay que anotar tanto el fracaso de ese intento, como el triunfo de la razón por sobre la fuerza en el caso de Berlín.

Esta serie de cataclismos que comenzaron con el derrumbe del muro llevaron al mundo a perder el equilibrio  -inestable- logrado entre las grandes potencias y a su reemplazo por la omnipresencia de los Estados Unidos de Norteamérica, que -vía OTAN- no han parado de invadir territorios para apropiarse del petróleo y otros recursos naturales, arrastrando tras de sí a los países de mentalidad colonialista.

El auge del neoliberalismo impuesto por la nueva realidad política y plasmado en el consenso de Washington que se inaugurara entonces ha decaído vente años después al punto de que muchos lo consideran agotado y se está produciendo otro sistema de equilibrio en la medida en que se fortalecen bloques regionales.

La caída del muro de Berlín –que es el tema- no le ha aportado gran cosa a la historia humana. Siguen en pié tres murallas (en Corea, Sahara Occidental y Chipre) que existían en aquellos años y en los últimos veinte se han levantado siete más: en Ceuta y Melilla, en Sudáfrica y Botsuana para cercar a Zimbabwe, entre  China y Corea del Norte, el que divide a India de una zona de Pakistán, el  de Israel para aislar a Palestina y, el más controvertido: una cerca de 1.100 kilómetros levantada por Estados Unidos para segregar a México.

Los nuevos muros no separan modelos ideológicos sino contradicciones propias del capitalismo y, en la mayoría de los casos, separan a ricos de pobres.

Si miramos por sobre el hombro de la coyuntura, no hay nada que celebrar. El mundo empeoró: ha renacido el peligro nuclear, hay más muros entre los seres humanos, hay más territorios ocupados, hay más armas distribuidas por el planeta, más poder militar concentrado en la OTAN y, por tanto, más peligro para los ciudadanos del mundo.

Hoy Berlín es una fiesta exclusiva para socios. La mayor parte de la humanidad mira desde afuera.

La Marcha Mundial por la Paz y la No Violencia tiene más razón de ser que nunca y hay que jugar esta carta con toda decisión.

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