Los medios de comunicación en Argentina y Latinoamérica son servidores de los intereses de los grupos económicos a los que pertenecen o con quienes están relacionados y, fieles a la lógica del beneficio, distorsionan los hechos de acuerdo a su conveniencia. En Europa actúan de modo similar pero, francamente, parece que lo hicieran con mayor impudicia. Eso si, en el caso de España es en un mejor castellano. Pero ¡vaya con la diferencia!
Para muestra basta un botón y aquí va un titular del día 10 en el periódico “Público” considerado progresista: “Los líderes europeos tiran de nuevo el Muro de Berlín”, pone. Y nos quedamos de piedra: ¿acaso alguna vez tiraron algún muro? Que sepamos los han construido pero de tirar, nada.
Ayer recordamos (ver Claves del 9 de noviembre) cómo la señora Margaret Thatcher y Francois Mitterrand se opusieron a la unificación de Alemania, renegando sobre los escombros del muro de Berlín y cómo el atribulado Helmunt Kohl contaba con los dedos de una mano -y le sobraban dedos- a los líderes que le habían prometido apoyo para una tarea que le llevó una década y que todavía no acabó.
Lo único que falta es que uno de esos líderes diga ahora que estuvo en Berlín hace 20 años. Y no sólo eso, que le quitó el pico a alguien para emprenderla con fiereza contra las piedras comunistas. Siguiendo esa senda, vamos a encontrarnos con algún entusiasta que diga que estuvo en la toma del Palacio de Invierno. Total, ¿quién se acuerda?
Por cierto han resucitado a Lech Walesa, ex jefe de Solidaridad, líder de usar y tirar a quien encerraron en la jaula de oro del Nobel de la Paz y nunca se supo más de él. Es un luchador auténtico pero cumplió la función que le otorgó la Iglesia Católica y a otra cosa. Ahora lo sacan del armario para derribar la primera pieza de un dominó gigante de mil fichas. No tienen verguenza.
Hubo miles de personas frente a la Puerta de Brandeburgo celebrando más que la caída del muro el reencuentro de los alemanes en una sola identidad. Algo de lo que fueron privados por todas las potencias después de la guerra.
Los discursos fueron de pena. Sarkozy se reveló como el más patético mentiroso y buscó arrimarse al actual prestigio de Alemania diciendo que ambos países tienen ahora “la enorme responsabilidad” de garantizar la paz en Europa.
Gordon Brown fue más hábil y soslayó bastante bien el tema, aunque sonó al recurso de tirar afuera la pelota: para el británico, el problema es el calentamiento global y las armas nucleares. Vaya! Si alguien le creyera no habría necesidad de agitar el tema de la Marcha Mundial por la Paz y la No Violencia.
Lo del presidente ruso, Dmitri Medvédev, fue tan lamentable como los anteriores y un desdibujado Mijaíl Gorbachov, hizo un pálido llamamiento a “luchar contra la opresión“.
Finalmente, la que se llevó las palmas fue la poetisa Hillary Clinton: la caída del muro fue, para ella, “el nuevo amanecer en la oscuridad de la Historia”. A continuación entregó un mensaje grabado en vídeo del presidente Barack Obama, ausente por una gira asiática que programó un asesor a quien que de las fechas históricas, ni noticias. Como si todo lo anterior fuera poco, en el vídeo vimos a Obama decir: “es un mensaje para los que viven bajo la opresión: los muros realmente pueden derribarse” (sic). En México están comprando picos y masas pero van a necesitar ayuda: el muro que construyeron los gringos para preservar su nevera tiene 1.100 kilómteros de largo.
Hubo al menos un argentino y nos hizo quedar bien. Daniel Barenboim -no se privó de recordar la “noche de los cristales rotos” de 1938 cuando cientos de judíos fueron asesinados y las sinagogas quemadas- con la orquesta Staatskapelle Berlin hechizó con la séptima de Beethoven y hasta hizo sonar un preludio de Lohengrin, de Richard Wagner. Sólo él puede permitirse ese eclecticismo. Por suerte, con la música en el ambiente, el bochorno de la clase política más encumbrada quedó de lado.
