Obama & Michael Moore

La creencia de que el premio Nóbel de la Paz a su presidente “restauraría la imagen” de los Estados Unidos de Norteamérica en el mundo, resultó una fantasía de Hillary Clinton. Lo dijo a la cadena de noticias NBC, pero tal restauración es imposible con las tropas invadiendo territorios. Menos aún si se dispone a enviar 13 mil soldados más a Afganistán donde la invasión lleva ocho años.

Como no hay certezas respecto de las razones para entregar un premio que lo merecieron -pero no lo tuvieron- tanto León Tolstoi como el Mahatma Gandhi, circulan por los “medios de comunicación” las más extravagantes suposiciones. La más difundida es que se trata de un condicionamiento positivo a la política estadounidense. La siguiente en el ranking es que el parlamento sueco  entregó la distinción con la finalidad esgrimida por la secretaria de Estado. Pero el engaño no ha durado más de un día. Lo que perdura es el asombro y va en aumento el rechazo a una trampa burda.

Si alguien tenía esperanzas de que Washington no enviara tropas a Afganistán, se equivocó. Esta se ha convertido en la “Guerra de Obama” -como Irak fue la de Bush- y su destino, atado a esa confrontación,  es el fracaso.

El delirio de Michael Moore, auto entronizado como representante de una “izquierda” que, por ser estadounidense, es tan más lúcida que le ha impuesto a la derecha conquistas tales como el aborto legal, las escuelas laicas y la presencia de un político  negro en la Casa Blanca, es revelador. Estos personajes que aparentan lo que no son, se desfondan un día ante el peso de  acontecimientos que les parecen relevantes -un premio, por ejemplo- y terminan diciendo algo así como que Obama se merece el Nóbel de la Paz por ser Presidente de los EE.UU. No lo pone con esas palabras, claro; pero publicamos las cartas para que vean si exageramos.

No parece haber sido la idea de Alfred Nóbel quién refiriéndose al premio  que nos ocupa escribió en su testamento: “una parte a la persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz

De todos modos, en un imperio, el emperador puede nombrar senador a su caballo -lo hizo Calígula en desprecio a esa institución romana- y puede conseguir que unos políticos del Comité Nóbel noruego le otorguen el título que le apetezca.

El final de la segunda carta de Moore a Obama es una amenaza deprimente pero también un estímulo para buscar la paz en el mundo haciendo crecer el repudio de la opinión pública a toda guerra y a toda forma de violencia.