Comparto con ustedes -mis amigos- algo que vivimos en Río de Janeiro, Brasil, en noviembre de 2010.

Estamos en la sala de una casa junto al lago y lo veo entrar al galope, dando rienda suelta a sus prisas. No castiga al animal a izquierda y a derecha, sabe que eso no es de buen jinete. Estimula con sonidos, agita la rienda para que el caballo sienta que va floja, se inclina sobre su cuello. Galopa. Galopa sobre una ilusión de madera.

Ahora frena. Lo persiguen y desmonta para jugar una carta brava. Suelta la rienda, echa mano a la espada y con un gesto soberbio planta cara a la adversidad. Gira con elegancia, quiebra la cintura como torero, muestra el filo, esquiva, para un golpe y elude otro mientras los intimida con su desenfado. Se ríe, está dominando la situación y sus contendores perciben la derrota. Dos golpes en el trasero con la parte plana de la espada suenan a cachetadas burlonas. Todos ríen. Tienen entre  ocho y nueve años, me parece.

La película está terminando con el galope de Lope de Vega   hacia un destierro de amor y versos que se parece mucho a la felicidad. Suena la música de Jorge Drexler embelleciendo las palabras de un soneto que sí, que nos toma por sorpresa.

Es que estamos en la sala de un cine, es el 17 de noviembre de 2010 y asistimos a la proyección del filme “Lope”, de Andrucha Waddington  que se presenta en el festival de Río de Janeiro, subtitulado en  portugués. Fue ahí, mientras miraba a Alberto Ammann dando vida al genial escritor español,  cuando recordé aquella escena lúdica de su infancia en Córdoba, Argentina.

Ahora Alberto juega en la pantalla grande  y parece tan divertido y tan en tema como entonces.